Por:
José Manuel Elizondo Cuevas / Periodismo Nayarita
Aún
se hacían preparativos y ajustes en el escenario y equipo de audio, cuando
llegamos mi esposa, mi hijo y yo al concierto. El local estaba semivacío, pero
empezaba ya el movimiento en el acceso a las instalaciones de la Dirección de
Arte y Cultura de la Universidad Autónoma de Nayarit.
La
cita era a las ocho de la noche, pero yo sabía de antemano, que no daría inicio
sino hasta una media hora después que fue exactamente como ocurrió. El lugar,
pequeño por cierto, comenzó a llenarse
rápidamente. Afortunadamente no hubo mucha confusión en el control de
asistencia, ya que los lugares se habían reservado con antelación a través de
un medio electrónico.
El
concierto inició como cualquier otro en que yo haya estado, buenos acordes,
buena voz, un buen trovador, aún no me sorprendía nada. Conozco prácticamente
todas las canciones de los artistas mencionados, cuyos nombres contienen “eses”
Silvio, Serrat y Sabina, “tres eses” que por cierto era el alegórico motivo
central del sencillo pero muy bonito y artístico escenario.
La
intensidad se fue aposentando poco a poco del tablado, el trovador empezó a
platicar con su público y se inauguró el mágico proceso de la comunión entre
ambos. Explicó de una manera muy hermosa y sentida el significado del lema
usado para el evento: “Canciones para el nuevo mundo, desde un mundo que se
extinguió” el cual tiene una connotación relacionada con el tema de la
extinción del mundo, como la predicción de los mayas, se terminó el calendario
pero inició tan rápidamente el otro que ni cuenta nos dimos, pero debemos ver
esto como una segunda oportunidad de hacer las cosas bien. El concepto fue muy
bien manejado, con mucha emoción y hasta con un poco de sentido del humor, que
en varias ocasiones arrancó la carcajada del
respetable.
No
conocía a Juan Felipe Manríquez, la estrella de este concierto en tributo a
Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez y Joaquín Sabina, pero después de
compartir durante cuatro horas el mágico mundo de la poesía que habita sensible
y eterna en las letras de las canciones de los autores homenajeados, sentí que
lo conocía de siempre, lo identifiqué como el hermano ausente y el amigo
permanente en el que siempre puedes confiar, no cabe duda que la música y la
poesía pueden hermanar los sueños de un mundo entero.
Llegó
el momento en que la poderosa esencia de la verdad jugueteaba sutil en el
ambiente, se tomaba de la mano con la ilusión y la esperanza, y sonrientes
todas, flotaban en la atmósfera, cual rocío imperceptible sobre las cabezas y
el ánimo de una audiencia conmovida. Juan Felipe, compartió un momento íntimo,
un momento familiar, sobre la ausencia en esta noche de su hermano, por lo que
le escribió una carta que compartió con el público. Fue un momento sublime,
pleno de emotividad, en el que se podía tocar el silencio y escuchar al unísono
el latir de los corazones de todos los que estábamos ahí, disfrutando y
sufriendo con él, aquel momento supremo. Sin lugar a dudas se dio algo que
pocas veces sucede, la total comunión entre artista y público.
En
un receso le dije a nuestro
artista, “llegó un momento en que sentí algo tan
especial, que hace mucho no me pasaba en ningún concierto. Era como si el
espíritu de la gente subiera y buscara al espíritu del artista y en un momento
único, casi divino, se fundieran en un fraternal abrazo, ese fue el milagro de
la comunión”. Él coincidió con mi concepto, sonrió y con un abrazo, dio un
sentido agradecimiento.
Un
gran concierto que se prolongó hasta las doce y media, no obstante que debió
oficialmente terminar a las diez de esa maravillosa noche, en la que disfrutamos
una deliciosa tertulia musical, entre bocadillos y café, con vino tinto los más
afortunados o previsores. Noche de bohemia en la que convivimos alegremente,
niños jóvenes, adultos y ancianos. Hombres y mujeres unidos en solo
sentimiento, en un mismo acorde, una misma alma y una misma canción.
RECIBAN
UN SALUDO AFECTUOSO – LOS ESPERO LA PRÓXIMA SEMANA- COMENTARIOS Y SUGERENCIAS
AL CORREO: elizondojm@hotmail.com
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