miércoles, 24 de febrero de 2016

"Don Marcelino, el confesor"


JOSÉ MANUEL ELIZONDO CUEVAS / Periodismo Nayarita



"Don Marcelino, el confesor"



Las primeras luces del día asomaban tímidamente entre las grisáceas nubes de aquella mañana campirana de agosto. Mentiría si digo que se escuchaban los cantos de los gallos. Creo que había tanta pobreza en aquel pueblo lejano, que los habitantes ya se habían comido a los gallos, gallinas, pollos y cerdos de cría.

Don Marcelino Jiménez levantó sus brazos al mismo tiempo que expelía su modorra a través de un largo y estruendoso bostezo. Eran apenas las cinco de la mañana de aquel día cualquiera de un año indeterminado y justo el momento de iniciar las labores cotidianas.

Lo primero que había que hacer, después de darse un baño torero (lavarse las orejas y el rabo), era abrir el viejo molino de nixtamal para la molienda matutina. Más tarde, abrir la tienda de abarrotes y hacer otras labores que habremos de descubrir un poco más adelante. Pero vamos por partes como dijera el famoso “Jack El Destripador”.

El chirrido de la desvencijada cortina de acero de la vieja accesoria que daba alojamiento al molino despertó a más de uno de los vecinos de aquel barrio populoso. Ya algunos andaban caminando rumbo a sus trabajos. Unos a la parcela agrícola, otros a ordeñar las vacas, algunos más a abrir sus pequeños negocios callejeros de jugos de naranja o atole con gorditas de maíz.

Cuando las bandas del molino de nixtamal trabajaban a toda su capacidad se ve llegar a Don Severiano, el viejo maestro rural del pueblo, que saluda muy amablemente al molinero. 

- Buen día Don Marcelino. ¿Qué tal amaneció hoy? ¿Cómo va el negocio?
- Buen día Don Seve (Así le decía de cariño). ¿Qué le trae tan temprano por aquí?
- Pues vengo a pedirle de favor que me preste unos cien pesos porque tengo que ir a la capital del estado. Me mandaron llamar de la Secretaría de Educación Pública.

- ¡Ah qué bueno mi admirado mentor! Seguro que le llamaron para darle algún reconocimiento a su gran desempeño durante tantos años aquí en el pueblo.

Don Severiano sólo frunció el ceño con un marcado gesto de tristeza. Él sabía que esa llamada no estaba para nada relacionada con una buena noticia. Tomó los cien pesos prestados y se dirigió a la terminal de camiones “guajoloteros” que viajaban a la cercana capital estatal. Si apuraba el paso quizá alcanzaría el “expreso” de las seis de la mañana.

Don Marcelino siguió con la mirada aquella triste silueta que se perdió en la esquina siguiente. Hasta entonces continuó con su trabajo. El molino, además de ser un negocio que le daba un ingreso seguro, era también un lugar estratégico para la tertulia y la comunicación (El chisme, pues). Si esto fuera poco estaba la tienda de abarrotes de su propiedad. Una típica tienda de pueblo. Con anaqueles de madera y un envidiable inventario de mercancías, que incluía desde camotes de puebla hasta setecientas variedades de dulces típicos.

Entre el molino de nixtamal y el gran tendejón transcurría el día de Don Marcelino Jiménez, hombre recio pero generoso, nacido en ese pueblo. Él conocía al dedillo la vida y milagros de cada uno de los vecinos de aquella localidad tan singular. Aclaro que eso no se debía a que le gustara el chisme, no nada de eso. Lo que pasa es que los dos negocios mencionados más el expendio de tamales, que atendía por las noches, eran escenarios ideales para que la gente platicara muchas cosas y le tomara tanta o más confianza que a su propio confesor de cabecera. Así transcurría la vida, lenta pero diversa, desparramada, interesante, al menos para el buen amigo de todos en aquel pueblo.

Nadie mejor que él para saber de donde salieron las tierras, las casas y las camionetas nuevas del hijo del presidente municipal que acababa de terminar su encargo. Ni pensar que alguien supiera mejor que él quien era el que manejaba a los “mañosos” en la región o quien ejecutaba los “levantones”. Mucho menos quienes eran los “coyotes” que se quedaban con las cosechas de los campesinos pobres. Los nombres de los policías corruptos que cuidaban a los narcos y hasta cobraban las cuotas de las “tienditas”.

Don Marcelino conocía todos los movimientos del pueblo, incluso aquellos que se consideraban como muy ocultos. Él sabía a la perfección los detalles de cada negocio chueco, los fraudes, robos, abusos y atropellos de las autoridades y los caciques y hasta los casos de adulterio y similares, que no eran pocos en aquella calurosa comunidad.  Si alguien quisiera saber dónde quedó el dinero que mandaron los migrantes del lugar para la construcción del puente sobre el río, sólo tendría que mañanear a moler una cubeta de nixtamal, a mercar algún kilo de frijol azufrado del que traen desde Zacualtipán o quizá a comerse un rico tamalito rojo de picadillo de camarón. Bueno ustedes saben que la buena información cuesta cara.

Lo que importa en este caso es que este personaje es muy estimado por los vecinos del pueblo. Se ha ganado su lugar a pulso, apoyando con oportunidad a quienes lo han necesitado. Es honesto y vive de su trabajo. No se mete en problemas. Sabe escuchar a quien quiera hablar de cualquier cosa y entre despachada y despachada se entera de cuanto sucede en el pueblo y sus alrededores. Si me preguntan cuál es el nombre del pueblo, les diré que ni me acuerdo ni tampoco interesa. Es un pueblo que puede estar cerca de ustedes o tal vez nunca existió. Así que cualquier parecido con algún pueblo o personaje es una graciosa coincidencia.

¡Alto, alto! ¿Qué sucedió con don Severiano? ¿Le dieron su reconocimiento por su trayectoria?. ¡Humm, para nada! Le aplicaron no sé qué articulado de la dizque reforma educativa y lo corrieron sin indemnización. Lo encontraron muerto en su cuartucho. Dicen que fue suicidio, pero no dejó ninguna nota póstuma. Si lo hubiera hecho, don Marcelino lo sabría.

RECIBAN UN SALUDO AFECTUOSO.- LOS ESPERO LA PRÓXIMA SEMANA - COMENTARIOS Y SUGERENCIAS AL CORREO: elizondojm@hotmail.com .- MIEMBRO ACTIVO FRECONAY, A.C. 

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